viernes, 30 de abril de 2010

La violencia no respeta credos.


César Noriega Ramos
Foto Aníbal Barreto

Detrás del dolor inmediato que produce la muerte del sacerdote Esteban Roberto Wood White, subyacen las causas y consecuencias de la ola de violencia que en la última década ha puesto fin a las esperanzas de 123.091 venezolanos.


Feligreses de la Sagrada Familia asumieron con dolor el arrebato violento de su párroco Esteban Roberto Wood White En la avalancha de muertes violentas que acontece a diario en Venezuela, todavía hay ciertos casos que por su crueldad o por tocar a personas que se salen del patrón de las víctimas regulares de la delincuencia, hombres jóvenes de estratos populares, estremecen la aparente normalidad de un país que sin estar en guerra tiene una tasa de 57 homicidios por cada 100 mil habitantes, segundo en el continente después de El Salvador, según cifras del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV).

El más reciente recordatorio del clima general de inseguridad, tuvo como víctima al padre Esteban Roberto Wood White, párroco de la iglesia Sagrada Familia ubicada en Unare II, Puerto Ordaz. Wood, de nacionalidad estadounidense pero con casi treinta años de labor misionera en Venezuela y de ese tiempo los últimos seis años en Guayana, fue encontrado muerto la mañana de este jueves con puñaladas en el cuerpo en lo que las autoridades policiales presumen se trata de un robo.

Como las estadísticas lo indican el homicidio del religioso forma parte de una tendencia que no ha hecho sino aumentar en la última década. Tan sólo en el 2009 perecieron en condiciones violentas 16.047 personas, frente a los 14.589 del 2008, un salto 1.458 víctimas en un lapso de 12 meses, según un informe de OVV, organización dirigida por el sociólogo Roberto León Briceño.

Este organismo independiente de investigación registra que entre 1998 y 2009 se han producido en el país 123.091. La magnitud de las muertes violentas en Venezuela sobrepasa el registro de bajas civiles en conflictos abiertamente bélicos, en Irak desde el comienzo de la guerra en marzo de 2003 hasta abril de este año se estiman que han perecido entre 96 mil a 104.722 personas.

En el conflicto afgano que ya dura nueve años de combate armado, le ha costado la vida a 1.738 unidades militares de una coalición de casi 30 países.

Iglesia tiende la mano
La Iglesia Católica venezolana no es ajena a los estragos de la delincuencia, con una importante presencia en los barrios populares del país conoce de primera mano los costos de la violencia a la familia venezolana. El sacerdote José Gregorio Salazar, subsecretario de la Conferencia Episcopal Venezolana, expresó que el crimen de Wood es “una muestra de la desintegración familiar, la gran delincuencia que está presente en todos lados. Esta es una preocupación constante, no es por motivo de la muerte del padre de la Sagrada Familia, sino que cotidianamente condenamos la violencia que mata todos los días a jóvenes en las comunidades populares”.

La promoción de los valores y la cultura de paz es una de las líneas de acción que promueve la Iglesia Católica, Salazar expone que sus programas y mensajes han chocado contra el muro del Gobierno nacional, “a la Iglesia se le saca de las escuelas porque según que ideologizamos, pero los mensajes de paz y formación en valores no tienen colores políticos”.

Salazar afirmó que “el Gobierno no tiene un plan para controlar la violencia. Ese problema no es simplemente crear una policía armada, se requieren de políticas públicas”, el religioso definió la actitud del Estado en materia de violencia social como la de “ni lava, ni presta la batea”.

El párroco de la iglesia San Martín de Porras de San Félix, padre Carlos Ruiz, también confirmó las dificultades para trabajar en conjunto con el Gobierno para programas que desactiven la conducta agresiva desde sus raíces; la oferta de educación de calidad y la disponibilidad de fuentes de empleos.

Algo que no ocurre con las comunidades organizadas, acotó Ruiz, quien refirió un fruto de la integración entre Iglesia y consejos comunales, entre otras formas de organización social, la marcha 10K Contra La Violencia que el 8 de mayo recorrerá los 10 kilómetros entre la esquina de El Rosario, en el cruce hacia la vía a Upata, y la Plaza Bolívar de Ciudad Guayana en el centro de San Félix. La actividad fue planificada con anterioridad al homicidio de Wood, por lo que el énfasis original era levantar conciencia sobre la violencia doméstica, el cual se mantendrá pero se complementará con un tributo al fallecido sacerdote de la parroquia Sagrada Familia.

Ruiz sostiene que la polarización inmoviliza a la sociedad para seriamente abordar el drama. “El Presidente de la República está cada vez más aislado, debe superarse el enfrentamiento ideológico y partidista para ponernos a trabajar Iglesia, escuelas, la familia y el Estado para controlar la violencia”.

El obispo de Ciudad Guayana, monseñor Mariano Parra Sandoval, considera que la violencia es un problema complejo que para su solución depende del concurso de las instituciones de la sociedad y el Estado, pero enfatizó el rol de la administración pública “el Estado como principal garante de la seguridad y vida tiene la responsabilidad principal de detener la violencia ¿Cómo puede ser aceptable para un Gobierno que mueran uno o dos jóvenes diariamente en los barrios?”.

Cada vez más crueles
La coordinadora del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín de Fe y Alegría, la docente Luisa Pernalete, señaló que “la crueldad es una novedad de la violencia en Venezuela. Ha sido un proceso hacia la despersonalización de la violencia, que se ha vuelto una conducta habitual en la vida venezolana”.

Estudiosa del tema y promotora de un programa de la Iglesia llamado Constructores de Paz, Pernalete identificó tres locomotoras que impulsan el tren de homicidios; la tenencia de armas en manos de civiles, se estima que existen entre 9 y 15 millones de armas ilegales circulando en el país, según cifras reveladas el año pasado por el diputado Juan José Mendoza de la comisión de Defensa de la Asamblea Nacional.

Como segundo sostén de la violencia, Pernalete ubicó la impunidad, citando hallazgos del OVV, el porcentaje de homicidios no investigados es de 91%, es decir 9 de cada 100 asesinatos en la última década quedan impunes. En 1998 este indicativo era mucho mejor, eran investigados 58 de cada 100 asesinatos.

“La gran impunidad que existe para delitos tan graves, no forma un círculo sino una espiral de violencia, porque la gente en los barrios no se atreve a denunciar porque saben que el delincuente va a quedar suelto y se expone a una retaliación”, precisó Pernalete.

El tercer componente de la violencia en Venezuela es la “tendencia a naturalizar la violencia, es cuando utilizo la fuerza física, verbal, psicológica o de mi cargo para hacer daño a otros. Hay un discurso político que promueve la violencia. Por ejemplo cuando alguien habla de disparos ideológicos, no se piensa en un diálogo civilizado, sino en balas, agresión, muerte”.

Para Pernalete Venezuela ha llegado al punto extremo de que requiere un “plan de reconciliación y reconstrucción como ha habido en otras sociedades que atravesaron situaciones de conflicto. De Colombia podemos aprender que la sociedad y el Estado se tomaron el problema en serio y trabajaron conjuntamente para superar la violencia, también hubo continuidad de políticas públicas a nivel local”, concluyó Pernalete.

Instituciones deben revisar sus roles

La profesora Luisa Pernalete, quien coordina programas de formación en valores y cultura de paz de Fe y Alegría, considera que debe haber una revisión general de las escuelas, familia e Iglesia. “Los problemas del siglo XXI no pueden resolverse con las mismas prácticas del pasado. Hay muchas madres que no saben cómo formar a sus niños de 10 años. En las escuelas se sigue ejerciendo la manera tradicional de disciplina. Debe haber una actualización de los conceptos del ejercicio de autoridad y de la disciplina”.


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GUILLERMO ROVIROSA

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